… cuando tienes, por obligación, que saltarte el plan establecido, es decir improvisar, suelen aparecer momentos extraordinarios para la creatividad, así como también la posibilidad de que todo se vaya al traste. Esa línea, entre seguridad y abismo, es el punto justo para hacer un trabajo vivo. Una forma de medir esa sensación es sentir, durante todo el proceso de trabajo, una insistente sensación de inseguridad, de que hasta que todo no esté terminado no desconectarás, ni siquiera en los días de descanso.
(Cámara car, conseguido con la Go Pro sobre una ventosa en el capó del coche. El angular nuevo que le puse, una óptica sunex comprada en internet, ofrece un resultado muy bueno en condiciones de buena luz. En la Go Pro, los valores son automáticos. En la configuración inicial de la cámara puedes elegir, además del tamaño de grabación, algún preestablecido de contraste y poco más)
Por alguna razón, casi todo el mundo piensa que improvisar es lanzarse al ruedo sin más y ver qué pasará. Eso no es improvisar. Los espontáneos que se lanzan frente a un toro en las festividades taurinas dan fe de lo que digo. Con frecuencia se producen graves accidentes, o la muerte. La ignorancia es atrevida, me citaba el otro día mi mujer de algo que leía.
En nuestro trabajo ocurre lo mismo, pero tiende a percibirse de modo diferente, especialmente en los documentales en donde el guión se termina de escribir en la mesa de edición. Improvisar, decía Chaplin, solo es posible cuando no has dejado nada al azar, cuando te has preparado para no improvisar. Así, cuando surge un imprevisto, aunque a priori no sepas por dónde le entra el agua al coco, sabes que llegarás a la otra orilla. Y aquí hay que tener en cuenta esto: Lo dicho implica mucho riesgo, pero yo lo recomiendo.
En el caso que nos ocupa; El Gran Pilar, una vez que pude conseguir el sustituto del personaje que perdí en New York, lo más importante, y estresante para mí era recuperar la chispa de volverme receptivo y percibir todo cuando rodea al nuevo personaje como si yo fuera la cámara. Es un sano ejercicio de humildad porque te hace observar al otro, estar en función de él, y ver detalles que a veces ni tu personaje es consciente de ello. Cuando aprendes a observarte en tu relación con el otro te vuelves de fiar, sin lo cual es imposible hacer un documental.
Diafragma 9/ velocidad 170/ óptica 50 mm Karl Zeiss. Polarizador hoya enroscado a la óptica. Esta luz (13 horas en verano en Los Ángeles) es muy aplastante para mi gusto. Por eso me pareció adecuado encuadrar este rezo en picado. La observación adecuada de la luz ambiental puede ayudar mucho en el por qué de la elección un encuadre. Y cuando hay prisas, esta técnica aporta seguridad.
Entonces ¿Cómo convertir en guión, mientras ruedo, las opciones que me ofrece el nuevo personaje?
Continuará....

















